“Me gusta enfrentarme a lo exquisito con brutalidad, con manos de campesina, no es que me guste, es que es inevitable, llevo mis orígenes pegados al culo”, dice A.L.
En este momento yo estoy teniendo un romance con el blog de A.L. Siento que germina en mí un amor bien grande porque creo descubrir una cualidad que considero verdadera y rabiosa y angustiante.
Tengo varios días con este amor que me germina y me apasiona, y entonces me complace que A.L. odie a los “putos activistas ecológicos”, como ella les llama y, llevada de mi amor, yo también siento ganas de despreciar a los putos activistas y de cagarme en los afanes aristocráticos y filantrópicos de los exquisitos; de los que teorizan desde la palestra, monóculo en mano, porque yo nunca he tenido la pasión para ser una odiadora, aunque me indigne y me canse y se me agolpe la rabia en la garganta tantas veces antes los juegos de simulación.
Hace unos minutos le confesaba a mi preciosa É sobre mi enamoramiento: “No lo divulgues”, le pedía. “Me he convencido de mi intimidad con A.L. Estoy totalmente convencida de que a otros podrá gustarles, pero que pocos podrán apreciarla como yo lo hago ahora; con esta devoción de amante que se consagra exclusiva y se declara celosa de las virtudes del sujeto de su amor”.
A mi preciosa É, le he permitido enamorarse también de A.L., he pretendido conducirla a ello porque quiero que sepa de la “lucha digna” que otros enarbolan individualmente, quiero que participe del diálogo secreto que es mi amor.
Y no es que A.L. sea tan genial; por eso me gusta, porque está desprovista de esos afanes de audacia y comicidad; lo suyo es otra cosa: una observación amarga y honesta; una frustración bien grande y bien humana de no obtener siempre lo que se quiere. Por lo menos yo nunca podría ser tan infalible, ni siquiera para realizar esa declaración absoluta y superior de que todo en el mundo es una mierda.
Y luego la angustia; esa declaración de angustia que no es más que un intento de acabar con algo explicitándolo, como esa otra petición de Agnes en “Gritos y susurros”, que tanto me ha conmovido, con la que tanto me he identificado durante las madrugadas de insomnio en que me invade en el cuerpo el temblor del amor y el miedo al impulso de la muerte, como ahorita: “Quédate conmigo hasta que pase el horror”. Así como decía Agnes y como repite A.L.: “Quédate conmigo hasta que pase el horror”, aun cuando aquí nadie nunca pueda quedarse.
miércoles 9 de diciembre de 2009
domingo 29 de noviembre de 2009
Hay días...
durante los que me pasa que tengo el corazón molido sin razón aparente, así, apaleado y torpe, listo para empaquetar y arrojar al bote:
"como si la sombra de la humillación que siempre se cierne sobre nosotros no fuese, en realidad, lo que nos vincula a todos los demás", dice Philip Roth. Supongo que lo importante es vincularse, descubrir los puentes, la desgracia común quizá, como si la humanidad entera hubiera tenido la epifanía de transformar un domingo de hartazgo en cualquier otra cosa; el brillante deseo de sublimar la humillación, de convertirla en trinchera de una guerra sin cuartel. Luego pienso que conservar la dignidad es importante; me desagrada la idea de coleccionar gimoteos.
Hay días en que me pasa que recuerdo a los hombres que han solido ser mis amantes. Los mejores siempre han sido aquellos atormentados por el amor de otra mujer. Algunos muy tibios y muy dulces, perversos o tocados por una suerte de fatalidad cotidiana. Pero prefiero a los hombres que han dejado de ser mis amantes para convertirse en mis amigos, a esos les doy gracias, como agradezco también a esas mujeres, algunas mordidas por la vida, que se han convertido en mis cómplices y mis hermanas, porque ellas no me dejan olvidar que la materia de lo humano es continua y secreta y hermosa, y crece y corre como un árbol o un río subterráneos.
Yo todo lo que quiero, todo por lo que lucho es por conservar una existencia honesta. Ya es de noche y a este espacio ningún amante llega, salvo el invierno que ha comenzado a arribar a Hermosillo, y eso, el invierno en medio del desierto, sí que es siempre una gran noticia.
"como si la sombra de la humillación que siempre se cierne sobre nosotros no fuese, en realidad, lo que nos vincula a todos los demás", dice Philip Roth. Supongo que lo importante es vincularse, descubrir los puentes, la desgracia común quizá, como si la humanidad entera hubiera tenido la epifanía de transformar un domingo de hartazgo en cualquier otra cosa; el brillante deseo de sublimar la humillación, de convertirla en trinchera de una guerra sin cuartel. Luego pienso que conservar la dignidad es importante; me desagrada la idea de coleccionar gimoteos.
Hay días en que me pasa que recuerdo a los hombres que han solido ser mis amantes. Los mejores siempre han sido aquellos atormentados por el amor de otra mujer. Algunos muy tibios y muy dulces, perversos o tocados por una suerte de fatalidad cotidiana. Pero prefiero a los hombres que han dejado de ser mis amantes para convertirse en mis amigos, a esos les doy gracias, como agradezco también a esas mujeres, algunas mordidas por la vida, que se han convertido en mis cómplices y mis hermanas, porque ellas no me dejan olvidar que la materia de lo humano es continua y secreta y hermosa, y crece y corre como un árbol o un río subterráneos.
Yo todo lo que quiero, todo por lo que lucho es por conservar una existencia honesta. Ya es de noche y a este espacio ningún amante llega, salvo el invierno que ha comenzado a arribar a Hermosillo, y eso, el invierno en medio del desierto, sí que es siempre una gran noticia.
jueves 26 de noviembre de 2009
Mouchette
Bienaventurados los libres de obrar durante
la colisión de su vida
porque sólo a ellos será concedida
la posibilidad de ingresar al reino de los cielos.
la colisión de su vida
porque sólo a ellos será concedida
la posibilidad de ingresar al reino de los cielos.
miércoles 25 de noviembre de 2009
A veces, sólo me quedo llorando días enteros porque descubro que no existe forma de sobrevivir a tal revelación sin ser completamente inmoral, completamente animal y ruin y mezquino. Entonces me dan ganas de no volver a hablar nunca de transgresión, de dejar de respirar para mantenerme imperturbable y secreta, como si me guardara en una caja oscura, perfecta y silenciosa para conservar un poco de integridad en la vida, para que los simulacros vulgares y las risas de mandíbula rota de los impostores dejen de sentirse como una mierda que no hace otra cosa que parecerse a otra mierda sólo un poco menor.
viernes 13 de noviembre de 2009
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