(Anterior y, sin embargo, pertinente:)
Yo solo quiero pedirte que te mueras
un día cualquiera, cuanto antes,
y por cualquier contingencia.
Y luego sé que, de cualquier manera,
y sin remedio alguno, te me vas a morir.
Me vas regresando a la pobreza:
después de la violencia de la noche,
ya no miro más al hombre que me parasita.
No, ya no te amo ni siquiera hasta que te mueras
pero si miras bien, así, de cerca,
descubrirás que me mordiste el corazón.
Me derribaste.
Preferiría no morir siquiera un poco, de momento;
pero no, yo no me la estoy pasando tan chingón.
martes, 5 de abril de 2011
viernes, 17 de septiembre de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
Y que pronuncio que me enciendo, que hace falta, que la necesidad. Que él me lee, me conoce, me percibe. Que piensa y escribe como un incendiario. Que hablamos de aprender a arder. Que le declaro que deseo dedicarme a la obscenidad o al ascetismo. Que él ya sabe que soy una obsesa. Que hablamos de fornicar la voluntad, las experiencias, las consideraciones que sobre esas experiencias hacen aquellos que podríamos visualizar para la permanencia. Que le confieso que quiero alimentarlo, nutrirlo. Que tenemos intención de fundar ciudad “Broma” y conspirar contra el mundo. Que, nuevamente, porque me obsesiona, Marguerite Duràs, y esa declaración de que la madre invariablemente representa la locura. Que su madre y la mía, antes que eso. Que lo ordinario, lo atisbado y lo corrupto. Que aquello que acribilla, penetra, incrusta, atornilla y duele. Que, “si no duele, no sirve”. Que, para servir, debe existir rigor y disciplina. Que el rigor lo domina todo. Que la violencia de la pornografía que, sin embargo, cultivamos en lo privado y evitamos en lo intelectual. Que la violencia verdadera es más inteligente, más audaz y más íntima porque emplea el mecanismo de la lucidez y del secreto. Que el secreto de tres cuerpos trenzados que le describo inflama sus miembros. Que mi compulsión por la ropa limpia, a la par que los misterios del Espíritu Santo y los concilios en los espacios del mal. Que insultarnos dulcemente, que sumirnos en el silencio. Que el silencio, que el silencio, que el silencio…
martes, 4 de mayo de 2010
Estoy intentando entender una sola cosa: ese mensaje angustiado sobre la sustancia del olvido que le he enviado a Asimov Sab apenas el día de hoy; esa otra carta inconclusa que planeaba para el amigo forjador de palabras a quien le he declarado saber que es un demonio, un explosivo, y le suplico: “Te extraño. Ven”; las otras palabras pronunciadas por Guu sobre ser río y maremoto, a propósito de la felicitación por su cumpleaños y de la frase de esa canción compartida: “Y resolver esta ecuación de la ansiedad inmensa”. Me viene confusa, entre otra serie cuya autoría apenas puedo precisar, la frase “Tiemblo de pensar que pueda olvidarse tanto amor”, de Marguerite Duràs. Y entonces, como en un mecanismo reflejo, también tiemblo porque sé que esas historias de los abismos compartidos con aquel cuerpo mío del primer amor, ahora me resultan ininteligibles, como si formaran parte de otra existencia íntima que he solido inventarme y que no me pertenece más. Y, sin embargo, él ha sido el primero en animar la fuente secreta de mi vida. Me angustia percatarme de que ahora ya no suelo recordar los detalles de su cuerpo que ha sido profundamente mío tantas noches, como en ese departamento en que jugábamos a reproducir, desnudos, a la pareja primigenia y él me decía con esa voz que era para mí la de todos los hombres: “Eres carne de mi carne. Por eso, cuando no estoy contigo me vacío de mí. Me perteneces porque no he sido yo quien te ha elegido, como uno no elige nunca al amor”. Y yo me sometía, entonces, diligente, a todas las servidumbres y los placeres; me dejaba ser suya porque creía haber habitado su cuerpo a lo largo de la historia del tiempo. Pero ya no recuerdo el tacto de sus manos, sino la idea de ese tacto, como si algún perverso me hubiera anunciado que mi amante ha muerto porque es imposible que exista en ningún espacio cuando he dejado de quererlo y yo llorara, entonces, su muerte. Ahora es otro tacto el que me invade: el de un hombre vivo a punto de partir, que se me ha ido incluso antes de marcharse, y que ha poblado mis últimas noches. Y sus rasgos que ahora me duelen y han solido encender mi deseo, no obstante, también habrán de desdibujarse una vez más en este circuito arcano y circular que es la memoria; como si el significado de sus ojos, su frente, su sexo se transfirieran para convertirse en promesa. Esta noche ya no tiemblo por el amor, ni por el recuerdo del amor, siquiera; esta noche lo que me hace temblar es la posibilidad del olvido, la revelación de descubrirme permanentemente a salvo del daño.
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