miércoles 19 de noviembre de 2008

Oímos cómo llora la sombra.
Desde la ventana,
los encuentros secretos,
las disputas entre amantes.
Y abajo en el parque,
vagabundos que el viento arrastra
como hojas amargas
por los botes de basura.

Oímos cómo desfallecen las horas,
abatidas por placeres pequeños.
Ahí en nuestra cama, mi sentencia:
“Yo no quiero un hijo tuyo”.
Y algo del sol se instala en mi rostro
porque él, opaco,
se vuelve papel sobre el suelo,
ingresa en la historia de su melancolía.

“Así no es como funciona el amor”.
En cualquier caso, si solo supiéramos
de algo que efectivamente funcione
no observaría yo su figura que se marcha
en dirección al lugar que lo salva de mí.

De regreso en la cama,
una tristeza comprimida sostiene la noche.
Me permito unos segundos de angustia.
Luego, duermo con la indecencia de un niño.
Yo ya no transito las calles de la memoria.
Yo me he salvado del mundo.