Todo este tiempo
creímos ser cicatriz de fuego,
historia natural del dolor.
Saturados, lo deseamos todo,
sin motivo.
Sin motivo, también,
fuimos cazadores de despojos;
poblamos los bares y las oficinas,
los tugurios y las conferencias.
Por decir algo,
nos declaramos públicos e inmediatos,
comunistas hasta en la cama.
Dimos causa a la sangre y a los cuerpos
-a la parasitada casa de los cuerpos
que apenas habitamos-.
Coleccionamos almas en vitrinas;
nos desnudamos para la poesía,
para la propaganda,
para el amor,
para cualquier cosa con rótulo
de funcionar efectivamente.
Consumimos los automóviles,
los fármacos, los vestidos, el prestigio,
las empresas de la guerra y la pobreza.
Afuera, llenamos los parques,
los mítines y los estadios;
vivimos en la noche de la mente.
Adentro, acumulamos hojas muertas,
segundos de gozo, distancias sospechosas.
Adentro, sin embargo, nunca nada se llenó.

