Alguna grieta del techo; cualquier sabor exótico, nuevo; el timbre apagado de su voz. Yo me desnudo sin prisa. Estoy a punto de sonreír. Él suelta algo atávico, apabullante. Entonces, sabe a ganas de morirse. Dice que estamos agotados del día y la ciudad. -No importa-, él no descubrirá qué importa. Mientras, le libro del peso de mi cuerpo. Esta vez me he propuesto ser cómoda, leve. De cualquier forma, nunca he visto a un hombre como una luciérnaga y esta habitación se encuentra a salvo del daño. -Te cuidaré todos los días-, antes de quedar dormido. Entonces, me muerdo los labios, me guardo los ojos y pretendo dormir.