miércoles 9 de diciembre de 2009

“Me gusta enfrentarme a lo exquisito con brutalidad, con manos de campesina, no es que me guste, es que es inevitable, llevo mis orígenes pegados al culo”, dice A.L.

En este momento yo estoy teniendo un romance con el blog de A.L. Siento que germina en mí un amor bien grande porque creo descubrir una cualidad que considero verdadera y rabiosa y angustiante.

Tengo varios días con este amor que me germina y me apasiona, y entonces me complace que A.L. odie a los “putos activistas ecológicos”, como ella les llama y, llevada de mi amor, yo también siento ganas de despreciar a los putos activistas y de cagarme en los afanes aristocráticos y filantrópicos de los exquisitos; de los que teorizan desde la palestra, monóculo en mano, porque yo nunca he tenido la pasión para ser una odiadora, aunque me indigne y me canse y se me agolpe la rabia en la garganta tantas veces antes los juegos de simulación.

Hace unos minutos le confesaba a mi preciosa É sobre mi enamoramiento: “No lo divulgues”, le pedía. “Me he convencido de mi intimidad con A.L. Estoy totalmente convencida de que a otros podrá gustarles, pero que pocos podrán apreciarla como yo lo hago ahora; con esta devoción de amante que se consagra exclusiva y se declara celosa de las virtudes del sujeto de su amor”.

A mi preciosa É, le he permitido enamorarse también de A.L., he pretendido conducirla a ello porque quiero que sepa de la “lucha digna” que otros enarbolan individualmente, quiero que participe del diálogo secreto que es mi amor.

Y no es que A.L. sea tan genial; por eso me gusta, porque está desprovista de esos afanes de audacia y comicidad; lo suyo es otra cosa: una observación amarga y honesta; una frustración bien grande y bien humana de no obtener siempre lo que se quiere. Por lo menos yo nunca podría ser tan infalible, ni siquiera para realizar esa declaración absoluta y superior de que todo en el mundo es una mierda.

Y luego la angustia; esa declaración de angustia que no es más que un intento de acabar con algo explicitándolo, como esa otra petición de Agnes en “Gritos y susurros”, que tanto me ha conmovido, con la que tanto me he identificado durante las madrugadas de insomnio en que me invade en el cuerpo el temblor del amor y el miedo al impulso de la muerte, como ahorita: “Quédate conmigo hasta que pase el horror”. Así como decía Agnes y como repite A.L.: “Quédate conmigo hasta que pase el horror”, aun cuando aquí nadie nunca pueda quedarse.

7 malabares:

Carlos Mal dijo...

Yo soy de esos con monóculo. Así que estás enamorada de lo que dice América Latina... ¡Bien!

Xoyoco Luperca dijo...

Jajaja! Así que eres uno de esos "exquisitos"? No te lo creo, Carlos. Tú eres de colonia popular, así como yo, y eso, como dice A.L. -quien, paradojicamente, es europea- también se lleva pegado en el culo.

Va un abrazo, uno así: desapegado, sin gérmenes, exquisito, pues =).

Anónimo dijo...

Roto el corazón... La vida no es una mierda... Vergas! Está nevando... Besos voluntariosos.

Xoyoco Luperca dijo...

No, la vida nunca es una mierda. Si es que yo soy fundamentalmente una vitalista =).

¿Besos voluntariosos? No, tampoco. Así por capricho y a la fuerza, nada, que esto no es una película del "cine de oro".

Anónimo dijo...

Pero cuántas veces te pedí ser mi novia, cuántas un beso, cuántas me acerqué al umbral de tu puerta. Tantas miradas. "Nada a la fuerza" pero tampoco esto es suficiente, cierto?

Xoyoco Luperca dijo...

No, no lo es. Y no hay nada que pueda hacerse al respecto simplemente porque no me siento inclinada a establecer esa proximidad. Hay intentos, R, que uno debe abadonar por higene mental. Creí que, a estas alturas, ya lo habías entendido.

Saludos.

Anónimo dijo...

Si, lo siento, no sé que estaba pensando. Me reconociste.

Saludos a ti también.