martes, 4 de mayo de 2010

Estoy intentando entender una sola cosa: ese mensaje angustiado sobre la sustancia del olvido que le he enviado a Asimov Sab apenas el día de hoy; esa otra carta inconclusa que planeaba para el amigo forjador de palabras a quien le he declarado saber que es un demonio, un explosivo, y le suplico: “Te extraño. Ven”; las otras palabras pronunciadas por Guu sobre ser río y maremoto, a propósito de la felicitación por su cumpleaños y de la frase de esa canción compartida: “Y resolver esta ecuación de la ansiedad inmensa”. Me viene confusa, entre otra serie cuya autoría apenas puedo precisar, la frase “Tiemblo de pensar que pueda olvidarse tanto amor”, de Marguerite Duràs. Y entonces, como en un mecanismo reflejo, también tiemblo porque sé que esas historias de los abismos compartidos con aquel cuerpo mío del primer amor, ahora me resultan ininteligibles, como si formaran parte de otra existencia íntima que he solido inventarme y que no me pertenece más. Y, sin embargo, él ha sido el primero en animar la fuente secreta de mi vida. Me angustia percatarme de que ahora ya no suelo recordar los detalles de su cuerpo que ha sido profundamente mío tantas noches, como en ese departamento en que jugábamos a reproducir, desnudos, a la pareja primigenia y él me decía con esa voz que era para mí la de todos los hombres: “Eres carne de mi carne. Por eso, cuando no estoy contigo me vacío de mí. Me perteneces porque no he sido yo quien te ha elegido, como uno no elige nunca al amor”. Y yo me sometía, entonces, diligente, a todas las servidumbres y los placeres; me dejaba ser suya porque creía haber habitado su cuerpo a lo largo de la historia del tiempo. Pero ya no recuerdo el tacto de sus manos, sino la idea de ese tacto, como si algún perverso me hubiera anunciado que mi amante ha muerto porque es imposible que exista en ningún espacio cuando he dejado de quererlo y yo llorara, entonces, su muerte. Ahora es otro tacto el que me invade: el de un hombre vivo a punto de partir, que se me ha ido incluso antes de marcharse, y que ha poblado mis últimas noches. Y sus rasgos que ahora me duelen y han solido encender mi deseo, no obstante, también habrán de desdibujarse una vez más en este circuito arcano y circular que es la memoria; como si el significado de sus ojos, su frente, su sexo se transfirieran para convertirse en promesa. Esta noche ya no tiemblo por el amor, ni por el recuerdo del amor, siquiera; esta noche lo que me hace temblar es la posibilidad del olvido, la revelación de descubrirme permanentemente a salvo del daño.

3 malabares:

Blas Barajas, escritor dijo...

Muchos gustos.

Xoyoco Luperca dijo...

Muchos muchos :)

· maría dijo...

Vengo paseando por las letras de grandes amores, y me topo con ésta entrada que me resulta tan consciente... que la siento de más. Como cuando en una cotidianidad se nombra el nombre del estado donde el demonio se encuentra, que el único personaje que sale tres segundos de una pelicula se llama como el demonio. Así, se condensan estos últimos dos años, en esta entrada. Que fue el primer cuerpo, la primera alma. El que también se va de tres a cuatro veces por año.


Un gran abrazo te mando.
:)